Diario del Orador

Cómo mejorar la comunicación después de recibir críticas de mi jefe

2026.09.09
Comunicación asertiva y crecimiento profesional: diario de voz sobre hablar en llamadas de trabajo

Tengo el pulgar sobre el ícono de silencio y todavía no he dicho una palabra. Del otro lado de la pantalla nadie sabe que estoy a punto de tomar la decisión de siempre: hablar o dejar que alguien más llene el espacio. Ese segundo, tan corto que ni se nota en la grabación de la llamada, es donde se juega casi toda la comunicación asertiva que después mi jefe llamaría "presencia".

Antes de seguir: en esta libreta de crecimiento profesional también dejo enlaces de afiliación a los cursos que uso, y si te matriculas en alguno recibo una comisión sin costo extra para ti. Aclarado eso, quiero contarte del mito que casi me hace creer que el problema era mi personalidad.

El silencio en una llamada no siempre significa que no tienes nada que decir

La respuesta corta es no. Casi siempre es nervio que no logra salir por ningún lado, no falta de criterio ni de argumento. A mí me lo dijeron distinto: que escribía increíble pero que en las llamadas desaparecía, que mi voz tenía que pesar lo mismo que mis reportes. Sonó como una sentencia sobre quién era yo, cuando en realidad describía nada más un hábito que no había practicado todavía.

Confundir silencio con incompetencia es el primer error del mito. Lo digo en serio: a mí casi me convence de que el problema era yo. El segundo error es peor, pensar que la solución es dejar de ser quien eres y convertirte en alguien que habla por hablar. Ninguna de las dos cosas ayuda a nadie a desmutear con calma.

Disculparse y prometer hablar más no cambia nada

Cuando mi jefe me lo dijo sin rodeos, mi primer impulso fue pedir disculpas y prometer que la próxima vez hablaría más. Es la reacción más común frente a una crítica sobre habilidades blandas, y también la menos útil, porque una promesa no le enseña nada nuevo a la boca ni a la garganta.

Antes de entender eso probé de todo, casi siempre por mi cuenta. Practiqué ejercicios de respiración que saqué de un video de YouTube, de esos que prometen calmarte contando hasta cuatro, y sin falta se me olvidaban justo en el segundo exacto en que tenía que desmutear. La respiración quedaba perfecta en la sala vacía y, sin querer, desaparecía apenas había alguien esperando mi respuesta.

Manos escribiendo en una libreta durante una práctica de comunicación asertiva y habilidades blandas

La diferencia entre un borrador escrito y uno hablado

Escribir un reporte y responder una pregunta incómoda en vivo no son la misma habilidad, aunque cualquier jefe las junte en una sola frase. Un texto se puede corregir tres veces antes de enviarlo; una respuesta hablada sale una sola vez, y por eso asusta más. Entender esa diferencia me llevó a buscar algo más estructurado que mis propios intentos sueltos, y así llegué al curso El Arte de Comunicar, que trata la voz como un borrador editable, solo que en voz alta.

Ahí aprendí, entre otras cosas, que ganar seguridad al hablar cuando eres mejor escribiendo no depende de un truco de personalidad sino de repetir una y otra vez frases cortas hasta que dejan de sonar ensayadas.

Practicar sin prometerte una transformación de la noche a la mañana

Esta nota no es sobre qué hacer si la mente se queda en blanco a mitad de una respuesta, ni sobre cómo quitarse las muletillas que se cuelan sin permiso, ni sobre proyectar la voz en una videollamada sin subir el volumen. Tampoco es sobre mantener un ritmo pausado en vez de atropellarse, ni sobre escuchar de verdad antes de responder, ni sobre cuidar la entonación para sonar convincente sin fingir nada. El lenguaje corporal frente a la cámara, los ejercicios de dicción antes de una llamada importante, grabarse y volver a escucharse después, organizar las ideas antes de que suene el teléfono, el hábito de practicar en voz alta cada semana: todo eso ha ido llenando páginas distintas de esta libreta, y quizás algún domingo escriba sobre cada una. Hoy solo me interesa el mito que casi me hace pensar que el problema era yo.

Practico también fuera de las llamadas de trabajo. A veces ensayo un argumento completo con mi prima Esmeralda Parra, aprovechando que la llamo para preguntarle por sus ventas de cosméticos por WhatsApp, y después anoto si se le notó el aburrimiento o si me hizo la pregunta que de verdad me preocupaba. Qué pena con ella, pero sus caras terminan resumidas en mi libreta sin que lo sepa. Cuando grabo un ensayo sola en el computador se me olvida por completo el pocillo de tinto que serví antes de empezar, y para cuando termino siempre está frío.

Hace poco, en una llamada de equipo sin nada especial, desmuteé y esta vez no sentí la presión de siempre apretándome el pecho. No fue un golpe de suerte: fue una estructura que había practicado tantas veces con el curso El Arte de Comunicar que ya no tenía que pensarla, solo usarla.

Botón de silencio en una videollamada, símbolo del hábito de comunicación asertiva en el trabajo

Para semanas con una presentación grande en la agenda, en las que se necesita algo más intensivo que el paso lento de cada capítulo, he ojeado Yo Hablo en Público; funciona bien para ese tipo de urgencia puntual, aunque para el día a día en atención a clientes sigo prefiriendo la ruta lenta.

Por qué un diario de voz vale más que la promesa

En el grupo de práctica al que pertenezco, Miryam Sánchez es quien más celebra cualquier avance chiquito de las demás: un mensaje de voz solo para decir que se notó el cambio, un aplauso por una frase que salió sin tropezar. Esa costumbre suya me recordó algo que la promesa de "hablar más" nunca me iba a dar: una manera de medir el progreso sin exigirme una transformación completa de un día para otro.

Por eso sigo prefiriendo llevar un diario de comunicación a llevar la cuenta solo en la cabeza: ahí quedan la sensación de haber interrumpido con respeto para pedir una aclaración, el momento en que bajé el ritmo de la respiración antes de responder una objeción, o la frase que sonó forzada aunque la había ensayado. De vez en cuando reviso también técnicas de cómo aprovechar un curso de expresión oral para no quedarme dando vueltas siempre en los mismos ejercicios.

Vista de Medellín en una tarde de reflexión sobre crecimiento profesional y habilidades blandas

Nada de esto pasó en un escenario ni en una sala de conferencias. Pasó aquí, en Medellín, entre llamadas normales de un trabajo normal, sin que nadie afuera se enterara del proceso.

Si a ti también te dijeron que desapareces en las llamadas, la regla que me hubiera ahorrado tiempo es esta: no prometas hablar más, practica una frase concreta hasta que deje de sonar ensayada, y deja que el silencio sea una pausa elegida, no un hueco que te da miedo. Si quieres una guía para ese proceso en vez de improvisar sola, el curso El Arte de Comunicar fue el que me ayudó a ponerle estructura a esa práctica. Cierro la libreta por hoy: mañana hay otra llamada, y el silencio antes de desmutear ya no me pesa igual.